21 septiembre 2021

Un momento de la vida del cadete

 Miércoles, 20:00 horas.

Un insoportable y nauseabundo olor a azufre escapa por las rendijas de una puerta añosa, de alumino, que a duras penas resiste la privacidad de un cubículo mal llamado logia, al interior del cual 3 niños disfrazados de marinos, hacen como que estudian pero en realidad se desafían a un singular campeonato de pedos.

El resto del estudio, inundado por el hedor de la transpiración de unas injustas preparaciones en el recreo, observa cabisbajo un libro de reglamentación naval que, de tratar de memorizarlo, sería un seguro quedarse dormido y archivarse para el fin de semana sin franco.

Al fondo del estudio, y ya olvidado por el brigadier de servicio, Toledo intenta infructuosamente estirar los brazos para completar su flexitiburosapo número 6. No puede más, y su espalda, arqueada por el esfuerzo, está a punto de aflojar, hasta que escucha ese grito estridente del brigadier, que despierta a todos los somnolientos que ahora reflexionan que en realidad, fue una idiotez quedarse a estudio en vez de ir a ver el biógrafo. De la pura impresión de ese grito destemplado, le viene la energía no sabe cómo y hace los últimos 4 flexitiburosapos que había recibido como castigo, por escribir cartas y mirar fotos de familiares en estudio, las mismas que cuando ingresamos nos obligaron a pegar en la tapa de nuestros escritorios - solo para ver si teníamos hermanas buenas mozas a quien invitar -, y que ahora nos prohíben mirar.

Por mientras, el resto de los niños de la escuela, disfruta de una novedosa película en el aula magna, en la que combaten sin piedad un insoportable olor a fricasse, y el humo de unos cigarros trasnochados que, con fruición y entusiasmo, fuman los brigadieres, mientras el cojo Tapia, repasa una escena de erotismo barato con un par de senos al aire, de esos con que los cadetes vibran, se inventan cuentos y recuerdan sus aventuras de fin de semana.

En el cuerpo de guardia mientras tanto, el cadete de turno trata y trata de entender cuál era la verdadera fuerza efectiva de la escuela naval y dónde se guardaban las malditas embarcaciones en el agua que siempre le informaban al oficial de guardia en el relevo, a las que nunca nadie se ha subido……..

Un poco más retirado, pero dentro de este fantasmal espectro, y ya despejada de cadetes, está el pañol de ropas, en donde el cabo Murga cuenta una y otra vez los dos vales que alcanzó a recibir en el recreo de EL cadete que atendió, ante la mirada atónita y frenética de un grupo compulsivo de jóvenes, que pretendía adquirir algún producto para arreglar ese uniforme mal trecho por tanta pichanga de clases sin profesor, para asegurar la salida del fin de semana……. La alternativa? entrar en ese espacio en que reinaban las mujeres, viejas y coquetas, pero con las cuales todos durante el encierro de la semana, soñamos más de una vez y a quienes dedicamos más de algún particular sueño de esos……era la ropería, con ese olor a plancha antigua pero que siempre tenía la calidez de alguna señora para solucionar nuestros problemas. Mujeres que nunca supieron cómo se llamaba cada uno, porque para ellas solo éramos números.

En el entrepuente mientras tanto, ese espacioso, frio y oscuro corredor, lleno de camas con marcos de fierro celestes y colchas azul marino, un cadete asustado por la soledad, se lustra los zapatos en una cama que no es la suya, mientras come galletas apurado, sin saborearlas, pero disfrutándolas solo por el hecho de poder comerlas, rompiendo el estricto régimen que debe observarse siempre. Está apurado, porque llegarán los cadetes a descansar, y el olor a cigarro debe desaparecer del ambiente, al igual que las migas de las galletas que adornan su oscura pero arrulladora tenida de zarga.

La película termina, y las luces mortecinas del comedor, se encienden como por arte de magia junto con el “starring” que siempre llega al término de una película de día Miércoles. Los gritos e instrucciones de los brigadieres de servicio, y la sonajera de sillas y mesas que se arrastran por las frías baldosas que cubren el anfiteatro, inundan el espectáculo, en que todos gritan, pero nadie escucha……………….las instrucciones están claras y solo Gómez y Enríquez, conversan sin permiso………… y sin mirarse para que no los pillen. Vergara ya está haciendo como que ordna, pero en realidad está tratando de comerse, sin que le pida, la última galleta con relleno de frutilla que compró para ver la película………..

En el patio del Artillero, unos canastos de mimbre aguardan el trajín de unas manos hambrientas y cansadas en busca de una colación. Un queque duro, seco y atorador, que junto con un jugo componen la última merienda del día antes de acostarnos en el entrepuente en que ese cadete lustraba sus zapatos y comía galletas.

En el medio del patio, un cadete de primer año explicaba a otro de mayor antigüedad, los detalles de su azaroso día, como justificando que había tenido tanto que hacer que no le había alcanzado el día para cumplir con sus obligaciones militares y presentarse con el cadete Pichuante, quien comía su queque – y tomaba el jugo de su discípulo – mientras éste leía convencido, una lista de cosas que habían imposibilitado su presentación………(este cadete siempre “me seca” y por lo tanto será la última prioridad en presentarme, pensaba mientras leía sus “motivos”)

Al término del esa jornada, la entonación de una marinera canción tipo “Cachuchero”, nos alimentaba el espíritu marinero, y las “buenas noches” del oficial de guardia era lo más cálido que percibían nuestras mentes antes de ir a acostarnos.

La llegada a los jardines no era menos extraña. Con la obligación de lavarnos los dientes al término de la jornada, nos encontramos muchas veces con más de alguno de nuestros camaradas purgando sus últimos castigos por las malas acciones del día, en situaciones tan extrañas como ridículas: sentados “a poto pelado” en su lavatorio lleno de agua, mientras ufanos cantaban “Adios al Séptimo de Línea”. Otros, con singulares tenidas, mitad pijama, mitad superhéroe, colgaban de las negras cañerías que, impertérritas ante estas escenas, corrían por el techo de los baños. El brigadier, con el mismo sueño y cansancio que nosotros, debía exigirles sus últimos esfuerzos para cumplir con la sanción.

Ya en el entrepuentes, y solamente después de haber doblado cuidadosamente nuestra chompa sobre la caja metálica, poner – doblados también-, los pantalones sobre ésta y sobre éstos el “jersey” (nunca fue sweater y aun no entiendo por qué) para dejar espacio a la lanilla y posteriormente los calzoncillos del día siguiente – cuando habían suficientes -, y habiendo alineado los zapatones debajo de la caja, en perfecta línea, con los calcetines blancos encima, nos podíamos acostar.

Era apagarse la luz, una que otra carcajada contenida y escuchar el lamento del corneta de guardia, que con sus acordes nos avisaba que ya terminaba el día. La luz del faro punta ángeles, que cada 4 segundos pasaba sobre el techo del entrepuente, nos mantenía alertas, silentes y somnolientos hasta que caíamos rendidos……… ya vendría un nuevo día